Sin dudas, soy un defensor nato de la contratación de Diego Armando Maradona como director técnico de la Selección Argentina de fútbol. Creo y creeré, más allá de los resultados, que este es el momento óptimo para que Diego se haga cargo de una selección que aún lo tiene como su principal exponente.
Sus experiencias, su bienestar de salud actual y el poco tiempo que falta para el Mundial de Sudáfrica –con respeto, no imagino al diez cuatro años en este rol- creo que son los tres sostenes para apoyar la elección, de parte del desgraciadamente eterno régimen de Grondona, del mejor futbolista del planeta como sucesor de Alfio Basile al frente de la celeste y blanca.
Sin embargo, existe un punto en el que me quiero detener. Carlos Salvador Bilardo, otra vez está con nosotros y como una especie de manager del seleccionado que heredó Diego. Con él, todas las esperanzas que poso en la figura de Diego sobre el futbolista que se enfunde en la casaca nacional disminuyen de algún modo, y da lugar a un frío interior muy difícil de explicar. Serán recuerdos que tocan el presente. Recuerdos de bidones y toda esa expresión de orgullo de parte de compatriotas, contando muchos periodistas, sobre una cuestión que debería darnos vergüenza.
Sabe del fulbito de hoy, no lo niego. Conoce jugadores de muchas ligas, tiene feeling para teatralizar con altos dirigentes nacionales e internacionales y genera un carisma ante las cámaras que lo elevan como una leyenda. Pero el problema reside en el pobre fulbito en el que estamos inmersos, en el que Bilardo es un semi dios, un integrante de una filosofía de fútbol distinta, divertida para el público pero que en todos estos años no supo reemplazar los alfileres en el trasero del contrario por un “tocá por abajo”.
Cesar Luis Menotti lo explicó mejor que yo: “El fútbol es tan generoso que evitó que Bilardo se dedique a la medicina”.
Diego, éxitos, elegí bien a tus colaboradores y buscá la gloria con buen fútbol, sin miedo a que se te caiga la corona que tendrás eternamente como figura máxima de nuestro fútbol. Y, sobre todo, quedate. No sea cosa que te reemplace ya sabes quien.